El relato de la norma: La comunicación como pilar de la certeza jurídica
En el mundo del Derecho, en el que se acostumbra usar un lenguaje técnico, complejo, y dirigido a un foro que se presume con una intelectualidad jurídica lejana a la mayoría de la población, se supone que una norma es válida porque cumple con requisitos ligados al proceso por sí mismo, pero muchas veces no se toma en cuenta si la población la entiende, la acepta o la legitima. Por ello, es común que todos los días se realicen modificaciones legales por parte de las y los legisladores, pero que su contenido y su aplicación no ‘baje’ hacia la población y, por tanto, sea más complicado su complimiento.
Históricamente,
Derecho y Comunicación han transitado por senderos paralelos que rara vez se
cruzan con la profundidad necesaria. Mientras que el jurista se concentra en la
validez específica de la norma y su encuadre en la jerarquía constitucional, el
comunicador se enfoca en la percepción, el mensaje y la construcción de la
realidad social. Sin embargo, en la complejidad de los tiempos que vivimos,
esta separación resulta no solo obsoleta, sino peligrosa para la salud
democrática. Una norma que nace del consenso legislativo pero que es incapaz de
ser comprendida por el ciudadano común, corre el riesgo de convertirse en un
‘derecho de papel’, una estructura formal carente de eficacia social, lo cual
resulta un problema cuando recordamos que, fundamentalmente, las normas están
para regir y armonizar la convivencia social.
Con
base en esto, con un camino recorrido en el servicio público y en la docencia
aplicada a la comunicación (estratégica y de gobierno), entendí que el Derecho
necesita de la comunicación no como un accesorio, sino como una condición
ontológica para que la ley cumpla su fin último: tutelar la convivencia humana
en un entorno de paz y justicia. Por ello, ya como abogado, decidí emprender la
tarea de aportar en el desarrollo de esta área, conjugar ambos mundos para fortalecer
la asimilación de las normas en la sociedad y, con esto, coadyuvar desde mi
trinchera a solidificar el estado democrático de derecho.
A
partir de lo anterior, parto de la premisa de que las leyes, principalmente,
son instrumentos de armonía social y no meros catálogos de sanciones. El
propósito del marco legal es establecer los límites y las posibilidades de
nuestra vida en común, protegiendo la dignidad humana, estableciendo nuestros
derechos y obligaciones, y organizando y limitando el ejercicio del poder. No
obstante, esta armonía se ve gravemente amenazada cuando existe una brecha
cognitiva entre el legislador (quien hace las leyes) y el gobernado (quien debe
acatarlas). Si la población percibe la ley como un ente extraño, redactado en
un lenguaje críptico y distante, el sentimiento de pertenencia al pacto social
se erosiona. La verdadera vigencia de una norma no reside únicamente en la
capacidad coercitiva del Estado para imponerla, sino en el grado de aceptación
y comprensión que la ciudadanía tenga de ella, su legitimación, lo cual
solo se logra mediante procesos de socialización estratégica.
La
comunicación institucional especializada en el marco normativo debe ser
entendida, entonces, como un mecanismo de garantía de derechos. Es decir, no se
trata simplemente de difundir boletines de prensa, sino de diseñar estrategias
que permitan traducir la complejidad jurídica a una narrativa ciudadana sin
perder el rigor técnico. En este sentido, el marketing político y las
relaciones públicas aplicadas al ámbito legislativo operan como puentes de
inteligibilidad. Por ejemplo, cuando se trata de una reforma constitucional —que
por el simple hecho de modificar la carta magna se entiende como importante—,
es comunicada con eficacia, se reduce la incertidumbre y se evita que la
desinformación o el pánico social llenen los vacíos dejados por el silencio
oficial. La transparencia informativa es, en última instancia, el antídoto
contra la arbitrariedad y el fundamento de una cultura de la legalidad robusta.
En la era de la infodemia y de las fake news, informar con oportunidad,
honestidad y asertividad, debe ser el camino de la estrategia para la
asimilación social de la norma.
Este
proceso de socialización no debe ser visto como una tarea secundaria tras la
aprobación de una ley, sino como una fase integral de la técnica legislativa
moderna. Legislar, y procurar la asimilación de la ley son igualmente
importantes. Desde el diseño de una reforma, es imperativo realizar un mapeo de
actores y un análisis de impacto comunicacional que permita prever cómo será
recibida la norma por los distintos sectores de la sociedad. Al aplicar las
herramientas de las relaciones públicas al ámbito público, el Estado puede
gestionar de manera proactiva las expectativas y las resistencias. Por ello, una
ley que es explicada a través de foros de parlamento abierto, diálogos
ciudadanos y campañas educativas bien segmentadas, adquiere una legitimidad de
origen que facilita enormemente su entendimiento, implementación y reduce la
conflictividad social en el largo plazo.
Un
énfasis particular merece el impacto de esta simbiosis en el fortalecimiento
del Estado de Derecho y su relación con el desarrollo económico. La certeza
jurídica no es solo un concepto abstracto para los tribunales; es el activo más
valioso para cualquier sector productivo. Si se logra que el marco legal sea
claro, accesible y previsible, se generará un entorno de confianza, que es el
combustible indispensable para la inversión y el crecimiento. Las empresas,
desde las grandes corporaciones hasta los pequeños negocios familiares, así
como los profesionistas independientes, requieren de un suelo firme para
operar. Una ley mal comunicada genera confusión interpretativa, lo que a su vez
deriva en riesgos operativos, costos de transacción innecesarios y una
judicialización excesiva que asfixia la productividad de una nación.
Por
el contrario, cuando el Estado invierte en una comunicación legal profesional,
está invirtiendo directamente en competitividad. Sí. El fortalecimiento del
Estado de Derecho a través de una mejor comprensión del marco legal permite que
los agentes económicos (mayormente las empresas) tomen decisiones informadas y
seguras. Por ejemplo, si un emprendedor comprende con claridad las reglas de
propiedad, las obligaciones fiscales o las normativas laborales, su energía se
concentra en la innovación y el servicio, y no en la defensa jurídica frente a
normas que ni siquiera sabía que existían o que no comprendía cómo aplicar. La
certeza jurídica es, por tanto, una forma de justicia social que democratiza el
acceso a las oportunidades económicas y protege el patrimonio de quienes
apuestan por el desarrollo del país.
En
este contexto, la figura del comunicador con formación jurídica —o del jurista
con visión estratégica— se vuelve esencial para la estabilidad institucional.
Este perfil híbrido tiene la capacidad de auditar la comunicación desde una
perspectiva de derechos fundamentales, asegurando que los mensajes
gubernamentales no solo sean persuasivos, sino que respeten los principios de
neutralidad, veracidad y respeto a la privacidad. En la era de la posverdad,
donde las noticias falsas pueden desestabilizar la percepción de una ley en
cuestión de minutos, la capacidad de respuesta institucional debe ser rápida
pero profundamente anclada en la verdad jurídica. La comunicación política no
puede permitirse ser propaganda vacía, sino que debe ser pedagogía constante.
La
armonía social, objeto de este análisis, se construye en el día a día a través
de la interacción de millones de ciudadanos que confían en que las reglas del
juego son justas y conocidas por todos. Esta confianza es frágil y se rompe
cuando la ley se siente como una trampa o una herramienta exclusiva de las
élites. Por ello, la formulación de estrategias de socialización eficaces es
una responsabilidad ética del Estado. Debemos transitar hacia modelos de
comunicación que utilicen todas las herramientas del marketing moderno
(segmentación de audiencias, narrativa transmedia, análisis de datos) para
llevar el mensaje de la ley a cada rincón de la sociedad, adaptando el tono y
el canal pero manteniendo siempre el núcleo de la integridad normativa.
Es
fundamental recalcar que una población que comprende su sistema legal es una
población menos vulnerable a los abusos de autoridad y más capacitada para
exigir sus derechos. La educación cívica a través de la comunicación
estratégica empodera al ciudadano y lo convierte en un coautor del orden
social. Cuando el habitante de una nación entiende el propósito de una
reforma fiscal, ambiental o de derechos humanos, su participación en la vida
pública se vuelve más racional y menos emocional, lo cual es la base de
cualquier democracia madura. La comunicación es el lubricante que permite que
los engranajes del sistema jurídico giren sin fricciones innecesarias, evitando
el desgaste de la estructura social.
Desde
la perspectiva de los sectores productivos, la claridad en la norma socializada
reduce drásticamente la discrecionalidad administrativa. Al haber un
entendimiento público generalizado sobre el contenido y alcance de una ley, los
funcionarios encargados de aplicarla tienen menos margen para interpretaciones
arbitrarias que puedan perjudicar a los negocios o profesionistas. Así, la
certeza jurídica deja de ser un privilegio de quienes pueden costear grandes
firmas de abogados para convertirse en un bien público al alcance de todos los
actores que mueven la economía.
Asimismo,
la gestión de crisis reputacionales en el ámbito público y privado debe
integrar esta visión jurídica. Muchas crisis de imagen que enfrentan las
organizaciones tienen su origen en un desconocimiento o mala interpretación de
la norma vigente. Contar con especialistas que dominen el lenguaje del
litigio y el lenguaje de la opinión pública permite manejar estos incidentes
con un enfoque preventivo y restaurativo.
Finalmente,
la profesionalización de la comunicación legal es el siguiente gran paso en la
evolución del Estado moderno. Quienes tenemos la responsabilidad de formar a
las nuevas generaciones de comunicadores y abogados debemos insistir en que el
conocimiento técnico es incompleto sin la capacidad de socializarlo de manera
eficaz. El éxito de una nación en el concierto global dependerá, en gran
medida, de su capacidad para ofrecer certeza jurídica a sus habitantes y socios
económicos, una meta que solo es alcanzable cuando la palabra legal y la
estrategia de comunicación se funden en un solo propósito: el bienestar y la
armonía de la sociedad a la que sirven. -Mauricio Molina Rosado. Abogado y publirrelacionista con más de 20 años de trayectoria en el servicio público. Posgraduado en comunicación, mercadotecnia polítíca, administración pública y gobierno. Docente universitario.

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